
RTVE navega con un boquete de 7.500 millones de euros (¡1,2 billones de pesetas!). Pero tarde o temprano el Estado tapará el agujero. Es decir: nos arrancarán a todos porciones de nuestras nóminas para mantener una televisión que ha sido rebautizada con un nombre que evoca el de algún novelón gótico de Stephen King: El ente . ¿La razón oficial para pandar con TVE? Pues que constituye un «servicio público».
Ayer, el servicio público se marcó un especial Corazón, corazón de casi cuatro horas, consagrado a la memoria de Rocío Dúrcal. La artista desaparecida fue una actriz muy competente en su mocedad y supo reconvertirse en la segunda parte de su vida en una defensora elocuente del repertorio pasional de las rancheras. Pero chirría que la televisión estatal interrumpa su programación con urgencia para sumergirnos en una oda camp a los días de los Raphaeles, las Lolas Flores y los Manolos Escobares.
El servicio público mutila las películas con anuncios, igual que las privadas, y ofrece exactamente las mismas ramplonerías de sus rivales. Además, practica la competencia desleal y vulnera las leyes básicas del libre mercado, pues recibe doble financiación: anuncios y el maná estatal.
Los informativos de una televisión pública son una palanca irresistible para los gobiernos de todo color. Aunque en esta legislatura se ha mejorado algo respecto al épico entreguismo de la era Urdazi, TVE se escora por definición hacia quien manda: le va en su naturaleza.
En España se ofrecen cuatro canales generalistas en abierto, con distintas sensibilidades políticas. El público está servido (a mayores hay cientos de canales de pago). Hoy el ente no añade nada a lo que hay. Tal vez el Estado y los ciudadanos incluso podríamos sobrevivir sin sus culebrones, sus programas de cocina, sus películas masacradas y sus concursos de baile.
¿Quieren hacer un auténtico servicio público? Ciérrenla.